Las otras vidas de los divorciados (Parte 1/2)

Decía en mi último artículo de este Blog, que solteros, casados, divorciados o viudos, todos sin excepción, no debemos renunciar nunca al sexo y al amor porque esto forma parte de nuestra propia naturaleza.

separacionDespués pensé que el mensaje así dicho podría parecer alocado, grandilocuente, fútil, algo así como pedir peras al olmo. Pues si alguien no tiene amor y sexo, ¿debe perseguirlo sin cesar y sin medida? Todo lo contrario. Lo que estoy proponiendo es una actitud, no una acción.

Cierto, que nadie vendrá a buscarnos a nuestra casa si de allí no salimos, pero cierto también que a veces se hace muy necesario aplicar la máxima que hace poco leí en alguna parte: “si no puedes pasar la página de un libro, cambia de libro”.

Cuando sufrimos una crisis de pareja, un divorcio, una pérdida o abandono, no siempre es fácil “pasar página”. Y esto es de aplicación no sólo a nuestro libro sentimental.

Un duelo exige un tiempo  y esta es la regla de oro.

A veces incluso, si aplicamos una excesiva energía a pasar página, podemos descubrir que cuando pensábamos haber pasado ya esa página, sopla la brisa de un recuerdo, una palabra, la lluvia u otro desamor, y  la página pasada vuelve a aparecer ante nuestros ojos tan pura y fresca como el primer día, ¿qué ha pasado entonces?

Nuestra vida discurre en una dimensión fundamental que se llama “tiempo”, y  los “tiempos” de la vida, los necesarios para escribir, leer y pasar la página de nuestra propia historia están tasados.

Un duelo exige un tiempo  y esta es la regla de oro. Si pasamos la página antes de haber leído el texto completo, si tapamos con nuestra mano una página, esa página luchará por aparecer de nuevo, para ser leída y escuchada, y lo hará a la menor ocasión, porque no fue pasada con la fuerza suficiente, y el papel de ese libro nuestro, aún sin desgastar, querrá volver a su ser, por inercia y por sabiduría nuestra.

A veces los divorciados pasamos página rápidamente y los primeros meses, años, tras de un divorcio doloroso, transcurren de una forma mágica, disueltos en una vorágine extraña de actividad, ocio, trabajo y ocupaciones varias, (he conocido quien fue capaz de marcharse incluso de cooperante a África durante seis meses).

Todo esto parece  “distraer” la atención del foco doloroso que solicita la atención de nuestra conciencia, pero se derrumba  ante la irrupción de la soledad y el silencio, porque no podemos permanecer eternamente distraídos y aparece en cuanto nos distraemos de distraernos.

Continuará
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